MARIO OSCAR VALLORY SALINAS (Q.E.P.D.) CHINGOLO: Yo no estaba allí cuando llegó el momento. No supe, ni siquiera estaba sobre aviso, pero siento, enmudecido, la mañana del 16 de abril, cuando Dios te dijo: necesito otro Angel en mi Reino. Quisiera haber tenido tus manos grandes y fuertes para agarrarte y no dejarte marchar, para atraparte, prisionero a mi lado, y así me permitieras visitarte de ciento en viento todos los días en tu casa. Pero te fuiste y tu mano, tu gran mano, no me dijo ¡Adiós! CHINGOLO: En este preciso momento viajas y dejaste tu barco que lo mueve el viento de tus palabras. Las enseñanzas que nos dejaste como un hermoso obsequio, para recordarte con ternura, con fe, con ganas de regresar a la página en blanco del libro de tu vida, para intentar por lo menos sentir el frío por tu ausencia, de ese iceberg que has dejado ardiendo, porque ahora que escribo estas palabras veo fuego sobre esa montaña, y entonces lo miro y se derrite con las lágrimas de mis ojos, y pretendo decirte que es verdad, que estoy triste y estamos tristes, pero trato de sonreír y levanto el brazo; te grito: Comisario, que nos envíes fuerzas a ESTELA, SILVIA, MAMI, MARIO (h) Y A MI porque ahora solo nos queda contemplar tu brillo, un fuerte abrazo, mi silencio, mi esperanza, porque te quedas para siempre en nuestros corazones. TE EXTRAÑAMOS, GALLITO. OSCAR DIAZ y FAMILIA.